miércoles, 16 de noviembre de 2016

Huancayo ayer y Huancayo Siempre



Sandro Bossio Suárez

Un topónimo de incierto origen es el de Huancayo. Uno de los primeros en hablar sobre este tema fue el extirpador de idolatrías Arriaga, quien asoció el nombre de este pueblo con las huancas o «piedras empinadas que suelen poner los indios en medio de las chacras». El historiador huancaíno Juan José Vega dice que casi todas las interpretaciones modernas sobre la etimología del toponímico Huancayo se derivan de la voz «huanca» que proviene de Guanca-Guamaní, o sea, provincia de Huanca, donde los incas, muy antes, «hallaron que estaba una piedra larga de la estatura de un hombre, a las cuales piedras largas llamaban los indios en general guanca-rumis».

Guaman Poma de Ayala, uno de los cronistas sustanciales del Perú, le atribuye el nombre de Huancayo a la debilidad gastronómica que sus habitantes tenían por la carne del perro: «A los huancas les dicen Huanca y luego añaden Allo Micoc, que quiere decir Huanca come perro».

Sea como fuere, Huancayo, como pueblo de indios, estaba ya formado (y no fundado) en 1544, cuando los primeros visitadores pasan por aquí. El historiador Manuel del Valle anota sobre el tema: «En la época preincaica, donde se levanta la Plaza Huamanmarca, existía un manantial, que originó una lagunilla y en cuyo centro había una wanka o piedra de grandes dimensiones y que era considerada sagrada por los indios wankas». Así la plaza Huamanmarca es la más importante de Huancayo pese a que la otra, la de la Constitución, hace tiempo le ha robado notoriedad. Huamanmarca, en realidad, es nuestra plaza pretérita, que los españoles encontraron ya levantada.

Mucho se ha hablado en las últimas décadas de don Jerónimo de Silva, el visitador que supuestamente fundó Huancayo como pueblo español, pero hasta el momento nada se ha demostrado. Cuando Jerónimo de Silva llegó en 1572 a este lugar, Huancayo ya existía y hasta tenía una iglesia, el llamado convento de Huancayo, que quedaba en la Plaza de Huamanmarca; una escuela y varios establecimientos de mediana importancia. Así es que no hay demasiado que celebrar los 1ro de junio, si no es bailar en honor a nuestra santa patrona la Santísima Trinidad, es decir, celebrar nuestra fiesta patronal.

A quien, en realidad, deberíamos dedicarle más estudio y agradecimiento es a Inés de Muñoz, nuestra primera madre, ilustre dama española, natural de Castilleja del Campo (Sevilla), quien llegó a la llacta de Huancayo como viuda del encomendero Martín de Alcántara en 1542. A la muerte de su marido, ella asumió el cargo de encomendera plena del repartimiento de Hananhuanca (Chupaca, Huancayo y San Jerónimo), donde aclimató varios productos europeos y gestionó la venida de los primeros dominicos para el convento del pueblo. A decir de Clemente Markham, Inés Muñoz fue la primera europea que vino al Perú y que introdujo en el país, y en el valle del Mantaro, la siembra del trigo, hizo construir molinos y organizó obrajes en Sapallanga y La Mejorada en 1550, o sea 22 años antes de la «fundación» de Huancayo.



Pero Huancayo no solo ha sido, a lo largo de los siglos, un emporio de comercio e intercambio, sino, además, una culta médula de la cultura y la música mística original. El orfeón de indios fue, probablemente, uno de los atractivos más importantes de la colonia huancaína. Por otro lado, cuenta Espinoza Soriano que un indígena anónimo, bajo el asesoramiento de dos frailes (queremos creer dominicos), organizó un coro de niños indios, que fue, durante mucho tiempo, el atractivo principal de la iglesia.

La plaza de Huamanmarca también es famosa porque en ella se realizaba, cada domingo, la feria indígena de la zona que, con los siglos, empezó a derramarse por la gran Calle Real. Esta feria, la dominical, es milenaria y una principal atracción de la ciudad. Ya nuestros tatarabuelos la conocieron así: larga, bulliciosa, iniciada en la plazoleta donde se vende ganado y manteca, y continuada por cuadras de semillas y granos, y por sectores de artesanía, lienzos y floristas, y terminada, ya cerca del río, en la zona de peletería y animales menores. No era extravagante encontrar a comerciantes de la costa ofreciendo pescado salado. El acontecimiento que engalanaba la feria dominical era la llegada de los mercaderes argentinos con su recua de mulas tucumanas y sus cargamentos de telas.

Durante la guerra de la independencia Huancayo tuvo una valerosa participación: el 29 de diciembre de 1820 (un año antes de la proclama libertaria nacional), en Azapampa, se enfrentaron en una batalla desigual realistas y campesinos con un resultado trágico para los patriotas, quienes fueron víctimas de una carnicería despiadada

Por este hecho histórico y valeroso, el 19 de marzo de 1822, el gobernador provisorio Torre Tagle le confiere a Huancayo el título de Ciudad Incontrastable, ratificándose este título por el gobierno provisorio de José La Mar seis años después.

El general don Simón Bolívar llegó al valle en el mes de agosto de 1824. Al poco de su arribo a Huancayo dictó preceptos de orden político, económico, religioso, militar y hasta educativo. En esa misma jornada expulsó a los frailes del convento de Ocopa, sindicándolos de realistas pertinaces, y convirtió el beaterio en el primer colegio nacional de ciencias. Cambió a todos los párrocos que no fueran patriotas en los curatos de la región.

Simón Bolívar no fue el gran héroe que todos reclamamos: fue un dictador brutal y egocéntrico que cobró sueldos de guerra para él y sus correligionarios con el primer empréstito que hizo a Inglaterra, endeudando al Perú, y despedazó nuestra patria, entregando a cambio de más poder gigantescos territorios a Ecuador, Colombia, Brasil y Chile. No sólo eso: quería un país que llevara su nombre y por ello no dudó en desmembrarnos del Alto Perú para crear la República de Bolívar (hoy Bolivia). Transó, negoció, vendió nuestra patria (jamás un país pagó tan alto precio por su libertad, 45% de su territorio en manos de sus vecinos) y devolvió a la servidumbre a los esclavos ya liberados por el protectorado de San Martín. Creo yo que, cuando dejemos de ver a Simón Bolívar como nuestro héroe señero, empezaremos realmente a ser libres.

El 31 de octubre de1854 llegó al valle don Ramón Castilla y aquí, en la batalla del cerro de Cullcos (“lomo de animal”, llamado después “Cerrito de la Libertad”), venció a su opositor José Rufino Echenique. Eligió Castilla Huancayo como sede de su gobierno, desde donde el 3 de diciembre de 1854, decretó en la Casona Piélago la abolición de la esclavitud y para entonces y para siempre.

El 16 de noviembre de 1864 (o sea hace 152 años exactamente), el Congreso de la República, durante el gobierno del presidente Juan Antonio Pezet, decretó la creación de la provincia de Huancayo, separándola de la provincia de Jauja y otorgándole plena autonomía política. Y este es nuestro verdadero aniversario. Nunca se ha visto que un pueblo, o una ciudad, celebre dos veces su aniversario.

El mismo valor y heroísmo que llena las páginas de su historia independista se repite a partir de 1879, cuando los ejércitos chilenos ocupan el Perú y llegan a tomar parcialmente la zona. Brilla aquí el nombre de Andrés Avelino Cáceres.

Huancayo, el pueblo de indios, de ese modo, empezó a crecer: el martes 08 de setiembre de 1908 llegó el tren, el mismo tren que tantas “incertidumbres y evidencias, y tanto desarrollo y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar” a Huancayo, como hubiera dicho Gabriel García Márquez.

Uno de los mejores alcaldes de la historia de Huancayo ha sido el foráneo John Fennings Taylor, quien, elegido por mayoría absoluta en 1925, ocupó el sillón municipal durante cinco años. Nacido en 1871, en Canadá, y, de profesión ingeniero, vino al Perú a inicios del siglo XX, encabezando una expedición a las cabeceras del río Amazonas. Luego se desempeñó como trabajador ferroviario. Elegido alcalde, su labor giró en torno a la modernización de las calles y plazas, y a la construcción de edificios públicos. En su gestión se levantó la rotonda de la plaza de toros (hoy Coliseo Municipal), se cristalizó la pavimentación de ripio de varios terrenos, la construcción del mercado de abastos y el plantado de la hermosa Alameda Giráldez, ya desaparecida. Los anales de la ciudad dan cuenta de su empeño por el desarrollo de Huancayo, y de su carácter apagado y lacónico que, no obstante, lo hizo muy respetado.

En la primera mitad del siglo XX Huancayo fue el centro de las inmigraciones y su riqueza se debió al arribo de colonias extranjeras que forjaron una ciudad deslumbrante: chinos, japoneses, italianos, alemanes, tiroleses, sefardíes, judíos, palestinos llenaron de vigor y cultura nuestra “ciudad de los mil rostros”, aquella que precisamente es rica por ello, por sus múltiples identidades.

Y ese es el derrotero de Huancayo, la ciudad Incontrastable, la que dicen que no se puede vencer o conquistar, pero que pocos saben que, además, no puede impugnarse con argumentos ni razones sólidas y, sobre todo, que no se puede contrastar. Y eso es verdad: Huancayo no se puede contrastar, porque no tiene contraste, porque es único, es singular, y puede volver a ser grande como lo fue antaño.

En la decisión de nuestras autoridades está mejorar el recorrido de nuestra ciudad, formar alianzas estratégicas (porque es un trabajo de todos, no solo de la municipalidad, o de los gobiernos regionales) para emprender lo que puede llamarse “el derrotero del desarrollo”.

Estoy convencido –y discúlpenme por quemarles la fiesta– que Huancayo volverá a ser grande, a crecer y sobre todo a desarrollarse, cuando se dejen de lado las apetencias políticas, los entretelones, las componendas mezquinas para darle pase a la modernidad con el concurso decidido de todos: Huancayo necesita con urgencia una vía expresa que envíe a los camiones de carga pesada a las afueras de la ciudad, varias mariposas de intercambio vial, innúmeros puentes y viaductos que no demoren décadas en ser construidos; y sobre todo necesita –y merece– un aeropuerto internacional que

comercialice y democratice el precio de los vuelos al interior y exterior del país. Un aeropuerto es bueno, pero dos, señores, son mejores. Huancayo necesita un teatro oficial, un estadio terminado, un centro cultural de grandes proporciones, nuevas vías de acceso a Lima (nadie debería pelearse por no hacer más carreteras, sino por hacer muchas si fuera posible, arreglando la antigua vía a Lima ahora en desuso, ampliando la actual y construyendo más estradas por Huancavelica y Chupaca). Huancayo cuenta con un importante elemento de desarrollo totalmente abandonado: el ferrocarril. Entendamos que él no es, como muchos creen, un vehículo pasado de moda, provecto, sino todo lo contrario: un medio de transporte útil y totalmente vigente.

Aprendamos a darle buen uso al capital social, es decir a esa comunión de fuerzas entre el gobierno, la sociedad civil organizada y la empresa, espacios que deben unir intereses y pujanzas para lograr lo que tanto anhelamos.

Estoy convencido, además, que sólo entonces Huancayo podrá tener hoteles cinco estrellas y atraer conferencias mundiales, ferias de libros a gran escala, partidos de fútbol de gran envergadura, conciertos de estrellas cosmopolitas, competencias olímpicas. Y entonces Huancayo volverá a ser grande. Nada le falta a nuestra ciudad para lograrlo. Solo decisión y trabajo mancomunado.

Está en nuestras manos.