lunes, 1 de febrero de 2016

Sócrates a Acuña: "habla para conocerte"


Reflexiones sobre el plagio del candidato

Elvis Bartra, profesor de la Universidad Continental, dice que “los títulos nobiliarios tienen su origen en los albores de la edad media, y eran otorgados a civiles y militares en mérito a hazañas en el campo de batalla y otros merecimientos a juicio de los monarcas en la Europa medieval. Entrada la modernidad, los títulos nobiliarios pierden importancia y los portadores de grados académicos reemplazan a los nobles de sangre, a damas y caballeros distinguidos, elegantes, cultos, refinados, ricos y hasta hermosos”.

Esos títulos aristocráticos, y los privilegios que conllevan, pueden ser heredados por los descendientes de primera línea sin méritos mayores que ser consanguíneos. Hoy, cualquier persona, sin mayores virtudes y esfuerzos, puede ser portador de títulos académicos, patentes de corso inservibles para codearse y ser parte de la élite de pensadores, maestros, sabios, oráculos y ancianos.

Hoy, diplomas de cualquier cosa pululan por todos lados. Cualquier adefesio es alma mater que ni nutre de conocimientos, ni induce al estudio constante, ni edifica hombres de bien. Hoy, todos los títulos están bajo la lupa. Ostentar diploma ya no es orgullo. Todos tienen uno. Algunos para abultar su hoja de vida, otros para ser ascendidos en la burocracia estatal y siempre uno para sentirse diferente, de sangre azul, caballero virtuoso en medio de tanta ignorancia y abandono intelectual. El más “guapo” y el de billete tienen que tener un “doctorado”. El gobernador regional de Junín menciona en tediosos spots publicitarios, encartes, gigantografías y avisos pagados que es magister, título de dudosa procedencia. Partes de su tesis también fueron plagiadas.

Hoy, se duda de mis estudios como el de muchos que realmente se quemaron las pestañas. Durante nueve meses estudiamos dirección de producción en la Universidad Pontificia Comillas, la más prestigiosa del reino de España. Estuvimos en aula cuatro horas diarias, de seis a diez de la noche, de lunes a viernes, y los sábados asistimos a cursos disimiles como robótica, deontología empresarial y teología de la liberación. Nunca solicitamos el diploma. No nos interesó ninguna acreditación. ¿Por qué?

Porque acabando la universidad fuimos becarios de Southern Perú y, cuando fuimos contratados, no nos pidieron título universitario. Aún así, ofrecimos resultados, esfuerzos y dedicación constante en el trabajo y en la convivencia dentro del campamento minero. Esa era, a vista de todos, nuestra credencial, nuestro título.

Sócrates nunca tan vigente en Perú. El filósofo griego jamás hubiera imaginado que un ex alcalde de Trujillo, ex gobernador de La Libertad, potentado de la educación peruana y aspirante a la presidencia, cuando habla no es quien dice ser. “Habla para conocerte”, dijo Sócrates. Y Acuña habló y ahora se conoce la magnitud de sus discernimientos, sentido común, ideales, pensamientos y todo aquello que su mente y corazón abarcan.

Acuña pudo haber sido (sin ánimo peyorativo alguno) ese cholito ignorante que a punche se hizo millonario. Audaz, visionario, que resuelve problemas, de soluciones sencillas, chocherita, campechano, buen vecino, pendenciero, amante de las amadas y de las agüitas. Ese Acuña hubiera sido el “elegido” que Perú espera cada cinco años. Sólo su presencia, sin una palabra hablada, pudo ser luz y guía del 70% de informales que se recursea diariamente. Un ejemplo, un modelo a seguir. Pero no. A César Acuña Peralta se le ocurrió igualarse a la estirpe estudiosa sin tener madera para ello.

Por: Manuel Gago